Deberíamos de salir en la calle a vender por el mero hecho de que la gente nos pone, que el producto que tenemos nos pone, y que la fiesta final es el cierre de ese contrato, visión misión y valores es algo recurrente utilizado en los manuales de compañías, pero lo deberíamos de tener todos nosotros en nuestro propio manual de vendedor.

Yo con 21 años sabía lo que no quería, no estaba dispuesto a pasar mi vida haciendo facturas y metiendo apuntes contables en el ordenador, quería estar con la gente, quería estar en la calle, quería salir ahí fuera, quería vida. Para mí la calle es vida, la calle es libertad, es decir, que yo me lo paso bien estando libre, y cuando vendo es la leche, es como el fin de fiesta, pero me siento bien en ese entorno, no sufro, no sufro conduciendo, no sufro estando con alguien que no conozco con un fin comercial, no sufro en una feria, aunque si que me canso, como todos.

Vender, como el resto de profesiones, se puede llevar a la máxima expresión si hacemos de ello algo natural, algo que sale de nosotros desde dentro del alma y cuando estamos con alguien que desconocemos no nos cuesta esfuerzo, lo único que hacemos es hacerles participes de algo que nos ilusiona y que de la manera más adecuada y previo descubrimiento de necesidades, somos capaces de poner en valor eso bueno que tiene nuestro producto sobre otros, no es nada ilegal, no es nada que no sea ético, no es nada antinatural, sino todo lo contrario, es como respirar.

Por eso, cuando cuando sentimos lo que vendemos, cuando apreciamos su valor, cuando lo probamos; sólo en ese momento, somos capaces de hacelo llegar a otros con naturalidad, pero primero, tenemos que enfermar de nuestro propio producto.

 

Saludos desde un pueblo de Castilla.